lunes, 20 de mayo de 2013

El alcalde Zegarra y Nostradamus


El alcalde Alfredo Zegarra ha escrito con un estilo bárbaro, con una ignorancia supina de las normas más elementales de la gramática y la ortografía. Y esto se le puede perdonar, pero no la cursilería y lo bombástico de su prosa, tan pobre y disparatada. Lo he leído y he sentido vergüenza ajena; también piedad. Si Zegarra hubiera vivido en tiempos del emperador romano Calígula, habría pagado muy caro la osadía de firmar un mamarracho así. En efecto, cuenta Suetonio, en Los doce césares, que «el autor de una poesía fue quemado de orden suya [de Calígula] en el anfiteatro por un verso equívoco.» En verdad, textos como el de Zegarra merecen críticos así.
 
Y que no piense el lector que ando detrás de lo que escribe el alcalde. Yo no lo he buscado; él me ha encontrado. El último viernes me regalaron en la calle el boletín informativo de la Municipalidad Provincial de Arequipa titulado AQP HOY. Es de diciembre del 2012, pero lo siguen repartiendo. Allí, en la página dos, aparece el artículo de Zegarra titulado «Guerra en Irak: No… la guerra es con nosotros» —¡qué nombre para más bobalicón!—. Después de leerlo uno se pregunta, cariacontecido, si votó por él.
 
¿De qué cerebro pudo haber salido una cosa así?, ¿de dónde tanta pobreza de pensamiento?, ¿de dónde tanta barbaridad léxica? Me resisto a creerlo. Pienso en hombres como Augusto Monterroso, Juan José Arreola y Paco Umbral, que ni siquiera acabaron sus estudios primarios pero que escribieron maravillosamente. Ahora pienso en Zegarra, un doctor. ¡Qué contraste!
 
El alcalde empieza así su artículo: «Muchos nos preguntamos, si realmente las guerras que matan a muchos hermanos tienen su origen en mentes cerradas y corazones duros, ¿Qué tienen que ver los inocentes que pelean, sin saber si realmente vale la pena los actos heroicos a que son sometidos y todo porque a los gobernantes se les ocurre enfrentar naciones enteras para obtener beneficios propios?.» Aunque les parezca increíble, este es el mejor párrafo de Zegarra. Veamos: ¿Coma después de «preguntamos», de «duros» y de «pelean»? ¿Punto después del signo interrogativo de cierre? Niños de primaria: ¿Las preguntas siempre se inician con mayúscula? Sigamos viendo: …Pone «vale la pena» en vez de «valen la pena». ¿Muchos?, ¿quién se cuestiona si realmente las guerras tienen su origen en mentes cerradas y corazones duros?; además, ni modo que se originen en mentes tolerantes y corazones bondadosos. ¿Actos heroicos a los que son sometidos?, ¿el heroísmo puede ser fruto de una obligación? No sigo por falta de espacio, pero le advierto, querido lector, que después viene lo peor: pésima puntuación, anacolutos, pleonasmos innecesarios, circunloquios enloquecedores. Si desea hacer penitencia, lea el texto completo de Zegarra en mi blog: jmcoaguila.blogspot.com.
 
Ahora, ¿qué quiso decir Zegarra en este párrafo? Ni los intérpretes de Nostradamus podrían decirlo, y eso que ambos son igual de oscuros.
 
 
Nostradamus publicó Las centurias en 1555; allí están todas las profecías que se le atribuyen. Arturo Uslar-Pietri ha dicho de este libro: «En el texto original […] es muy oscuro el lenguaje. La expresión es generalmente simbólica […]. Luego la construcción […] es anómala, y esto parece, y es lo que creen la mayoría de las gentes de hoy, que Nostradamus seguía un procedimiento que consistía en escribir primero en francés, luego hacer una traducción latina, y de este texto latino hacer una traducción literal al francés, con lo cual resulta una sintaxis mucho más oscura y difícil. De modo que, añadida al simbolismo, esta sintaxis aumentaba la oscuridad.» Algo similar podría decirse de la prosa de Zegarra. ¿Qué otra explicación puede haber?
 
José Manuel Coaguila

lunes, 13 de mayo de 2013

La Verdad y la mujer


La Verdad se parece a la mujer: la mitificamos mucho. Los encantos de una dama pueden ser fatales; los de la Verdad también. La Verdad, como la mujer, nos tienta siempre: provoca decirla. La mujer, como la Verdad, es incomprensible y compleja. La Verdad, al igual que la Justicia y la Libertad, está representada por una mujer. Las dos protagonizan un mandamiento de la ley de Dios. La mujer, comparada con el varón, muy pocas veces da un paso atrás en sus decisiones; la Verdad, por su parte, comparada con la Mentira, va borrando el camino por donde pasa. Ambas, mujer y Verdad, se parecen mucho, pero pocas veces caminan de la mano.
 
Amar a una mujer es peligroso; prendarse y prenderse de la Verdad, ceñirse siempre a ella, también. A los hombres, sobre todo cuando niños, se les enseña una gran mentira: «Hay que decir siempre la verdad», como si se pudiera, como si en todo momento fuese necesario y bueno hacerlo. Si a alguien se le ocurriese ir por la vida diciendo siempre la verdad, sembraría dolor, tristeza y destrucción. Hay cosas que no se pueden ni se deben decir. La señora Mentira es pacífica; la Verdad es incendiaria. Graham Greene ha dicho una verdad que, valga la redundancia, duele: «La verdad jamás le ha valido de nada al ser humano. La búsqueda de la verdad es cosa de filósofos y matemáticos. En las relaciones humanas, la bondad y las mentiras valen lo que mil verdades juntas».
 
Dice la ley de Dios: «No darás falso testimonio ni mentirás». Esto es imposible y, más todavía, nocivo. Lo mismo sucede con el «Ama a tu prójimo como a ti mismo», prédica divina que ya analizó Freud en El malestar en la cultura. Es imposible no mentir, decía, porque, además, la verdad no solo es un discurso verbal. La boca no monopoliza las mentiras, estas son propiedad común de todas las partes del cuerpo. Milan Kundera ha escrito en su novela La insoportable levedad del ser: «…vivir en la verdad, no mentirse a uno mismo, ni mentir a los demás, sólo es posible en el supuesto de que vivamos sin público. En cuanto hay alguien que observe nuestra actuación, nos adaptamos, queriendo o sin querer, a los ojos que nos miran y ya nada de lo que hacemos es verdad.» Pero la mujer exagera, a veces se maquilla en exceso.
 
La mujer, como el varón, miente, y creo que nadie lo hace mejor; mas también dice verdades. Ya he expuesto que la Verdad y la mujer se parecen mucho y que, sin embargo, pocas veces caminan de la mano. Es cierto, no se ven muy seguido, pero cuando se encuentran son muy destructivas. Las mujeres son expertas en herir con las palabras; los hombres, con los puños. Una mujer le dice a su chico «ya no te quiero», y este, furioso, golpea con su puño la pared. Las heridas de la mano sanarán pronto, pero las del alma quizá nunca.
 
«Se puede querer a alguien y de pronto desestimarlo y hasta detestarlo —ha escrito Ernesto Sabato—. Y si cuando lo desestimamos cometemos el error de decírselo, eso es una verdad momentánea, que no será más verdad dentro de una hora o al otro día, o en otras circunstancias. Y en cambio el ser a quien se la dijimos creerá que esa es la verdad, la verdad para siempre y desde siempre. Y se hundirá en la desesperación.»
 
Las verdades en las relaciones humanas casi siempre son momentáneas, pero destructivas. Las mujeres y el amor también.
 
José Manuel Coaguila
 

jueves, 2 de mayo de 2013

Víctor Hurtado Oviedo


Las cosas siempre se miran mejor si nos asiste la distancia prudencial de los años; es decir, si miramos hacia atrás desde un podio en cuya base diga, por ejemplo, «50 años después». De aquí a unas décadas, seguramente nos sorprenderá, se me ocurre, saber que existió un tiempo en que viajábamos en combi, que hubo gente que se moría por falta de dinero y que tomábamos gaseosa. Los que todavía lean libros impresos se asombrarán de que en estos tiempos haya habido tantos; pero de lo más, del disimulado y casi desapercibido paso por esta vida de uno de los escritores más exquisitos de las letras peruanas: Víctor Hurtado Oviedo.

Este hombre, de más de 60 años de edad, ha dedicado muchos años de su vida al periodismo, y gracias a ello podemos hoy disfrutar de sus escritos, que en realidad son pocos, pero suficientes para mostrarnos el gran talento que posee. Hurtado solo ha publicado un libro (primero se llamó Pago de letras, luego creció más y pasó a denominarse Otras disquisiciones), que ni siquiera fue pensado como tal, pues contiene artículos y ensayos que escribió para medios escritos cada vez que tuvo que hacerlo, y digo «tuvo» porque a él no le gusta escribir. «Yo no escribo —me ha dicho—, a mí no me gusta escribir, detesto hacerlo, yo daría cualquier cosa para no escribir, pero, paradójicamente, muchos años yo he vivido de ello».

Hurtado Oviedo es un limeño que desde hace más de 20 años radica en Costa Rica; allí es uno de los editores del diario La Nación. De él se han dichos cosas como: «Víctor Hurtado Oviedo es el Ronaldinho Gaucho puesto en la Literatura», «Quien no admira a Víctor Hurtado es porque no lo conoce», «Joven lector: si tu ídolo actual en prosa no conoce a Víctor Hurtado Oviedo, entonces cambia de ídolo. Estás perdiendo el tiempo». Y todo esto se ajusta tanto a la realidad, que ya parece un corsé. Yo agregaría: Leer a Hurtado es como viajar en un carro nuevo recién comprado: ¡te sientes tan cómodo!

«De tener yo una poética —ha escrito don Víctor—, cabría en dos frases: ‘Ninguna línea sin figura, ninguna línea sin idea’. El ensueño de mis sueños es una prosa de aluminio: ligera y brillante». Esto es lo más exacto que yo he leído acerca de la prosa de Hurtado; lástima que haya sido él mismo quien lo haya dicho, y todavía en condicional y en forma desiderativa. En efecto, sus escritos son calidad concentrada, nada sobra, nada está de más; no hay frases huecas, vacías; es como sí ya antes él las hubiese eliminado. Sus figuras retóricas y su humor son insuperables. El domingo, cuando conversábamos, le dije: A mí me parece que sus artículos tienen más de literatura que de cualquier otra cosa; ¿por qué nunca ha escrito poesía, cuentos, novelas?; ¡se le haría tan fácil! Hurtado, como un niño a quien le compran el juguete que él no ha pedido, dijo: No es lo mío. Pero lo intentó, le replico. Sí, intenté escribir una novela, pero el computador me la borró dos veces; entonces me dije: ¡esta máquina debe tener un programa de crítica literaria!... y abandoné el proyecto.
 
Hay que leer a Hurtado. Su prosa hace con nuestra mente lo que los caramelos de menta con nuestra boca; su humor es tan fino, que todo lo que toca, lo corta como mantequilla; y hace tan buena magia con las palabras, que, después de leerlo, los demás escritores desaparecen. Hay que leer a Hurtado, repito, y darle dentro de las letras peruanas el lugar privilegiado que se merece. Que ya no sea una sorpresa descubrirlo, sobre todo mañana.
 
José Manuel Coaguila

jueves, 25 de abril de 2013

No me cambien el nombre


Ya estoy harto de que mi computador cambie mi apellido Coaguila por Coahuila, como si me estaría refiriendo al estado mexicano donde nació el revolucionario Madero. Bueno, con mi nombre pasa, pues, como ya estoy avisado, la errata está bajo control, pero con otros no. Por ejemplo, recuerdo que una vez escribí Umberto Eco y luego apareció Humberto, con hache; lo peor es que me percaté del desacierto tecnológico cuando mi artículo ya estaba publicado.


Las máquinas tienen el perdón de Dios, aun cuando permiten empezar con minúscula su nombre y su libro; mas no los hombres. Y acá viene lo bueno, porque muchos se burlarán de las pobres computadoras, que, con tanta capacidad para procesar datos, se equivocan en cosas sutiles y quedan en ridículo, como Aquiles con su taloncito de azúcar; pero no se dan cuenta de que ellos, seres pensantes, con una capacidad para analizar situaciones en su debido contexto y elegir la solución más adecuada, tropiezan con la misma piedra y con los dos pies.

Ahí están, verbigracia, los Garcilazo de la Vega, los Vizcardo y Guzmán y los Gonzales Vigil, que aparecen así, mal escritos, en diarios, revistas, libros, y hasta en las fachadas de instituciones que llevan sus nombres. Por ejemplo, en el distrito de Hunter (Arequipa) hay un colegio que se llama como el ilustre precursor arequipeño, autor de Carta a los españoles americanos, pero que luce mal su apellido, y en todo su frente: Vizcardo, con zeta, cuando bien se sabe que es con ese.

Hay problemas también con el apellido del autor de Sobre héroes y tumbas, pues muchos lo tildan, Sábato, cuando el escritor argentino no firmó ninguno de su libros así. Lo correcto es Sabato, que es de origen italiano y, por lo tanto, sin acento ortográfico, como dijo el mismo Ernesto no recuerdo dónde. Y algo similar sucede con el apellido Belaunde, que muchos escriben con hiato, sin que haya registro de ello. Por ejemplo, el expresidente Fernando Belaunde Terry jamás tildó su apellido, y lo mismo podemos decir de otros insignes personajes que se apellidaron igual. Por el contrario, hay noticias del Belaunde diptongado, es decir, con acento en la a; además, por último, el apellido es de origen vasco y, por consiguiente, no está obligatoriamente sujeto a las reglas gramaticales y fonéticas del castellano.

Otro es el caso del único santo mulato de la Iglesia de Roma. ¿San Martín de Porras o de Porres? José Antonio del Busto Duthurburu ha dicho que «los apellidos Porras y Porres fueron uno solo, vale decir, el mismo. La forma ‘Porres’ —continúa Del Busto― no es un error sino una variante que, con frecuencia, se daba dentro de las ramas de los Porras…» Y oscurece más el asunto cuando pone «san Martín de Porras o Porres», y lo mismo con los ascendientes del santo.

Otros biógrafos de Martín han dejado en claro que el apellido original del santo es Porras. Y esto es respaldado por lo siguiente que les voy a contar. Marco Aurelio Denegri, en su Lexicografía, capítulo XCV, pone el tema sobre el tapete y deja las cosas en claro. Denegri, que cita al historiador Juan José Vega, cuenta que fue al Papa Juan XXIII quien decretó llamar Porres y no Porras al santo en cuestión, pues en el idioma portugués, ‘porra’ es la palabra que sirve para designar el pene del hombre, lo que, evidentemente, era inadecuado para un santo. Así es que, caros amigos, todo depende de ustedes; si tienen un espíritu historiador y quieren ceñirse a los hechos, escriban Porras; pero si lo que les mueve es un espíritu religioso, no sean obscenos y escriban Porres.

Pero a mí no me cambien el nombre.
 
 
José Manuel Coaguila

 

jueves, 18 de abril de 2013

El alumno burbuja


Mi fugaz paso por la docencia me ha mostrado situaciones sobre las cuales quiero decir algo; estas son: a) las mujeres casi siempre ocupan los primeros puestos en cuanto a rendimiento escolar, b) hay una inmensa falta de concentración y memoria, c) los cerebros se están simplificando cada vez más y d) del principio de autoridad solo quedan vestigios. Me ocuparé, en este artículo, solo de este último asunto.

«Un animal se educa chocando contra el mundo exterior y adquiriendo así ciertos reflejos que lo hacen apto para soportar la vida. Un niño también. No veo, entonces, cómo han de poder considerarse ciertos castigos como contraindicados; ¿no forma parte la mano del padre del mundo exterior?» (Ernesto Sabato: Uno y el universo.)

Cuándo fue que desapareció la palmeta en los colegios; cuándo fue que surgió la idea del alumno inmaculado, intocable, burbuja de jabón; cuándo fue que el profesor empezó a preocuparse más por querer agradar, convirtiéndose en modelo de pasarela para sus melindrosos alumnos; cuándo empezó, en suma, a joderse la relación vertical y asimétrica    docente-discente que tan buenos resultados dio. No lo sé con exactitud.

El siglo XX ha sido el siglo de los derechos, combustible de los egos y las desmesuras del mundo. Ahora todos reclaman, y a veces sin saber qué. Los derechos se han vuelto artículos de segunda mano; clichés, rótulos; y hasta en los papeles higiénicos aparecen. En cambio, los deberes no figuran ni en el pensamiento, cuando deberían ser el requisito obligado —tendría que haber dicho moral, pero para qué hacernos de utopías— de las exigencias. Los alumnos tienen derecho al buen trato, ¡de acuerdo!, pero tienen que ganarse ese derecho honrando deberes. Los padres que van a reclamar al colegio porque el profesor miró mal a su hijo, cuando bien saben que este no cumplió con sus obligaciones y mereció cosa peor, son, pues, sinvergüenzas, verdugos de su propia sangre, cultivadores de impunidad.

Y en esta vorágine de reivindicaciones aparece el todos somos iguales, que ha sido llevado a tal punto de la ridiculez que hasta los animales ya nos miran de igual a igual. Somos tan iguales ante la ley como tan diferentes unos de otros; no nos mareemos con esto de la paridad. El hijo es hijo, y debe ser tratado como tal, por ello mismo me parece mal que los padres finjan ser sus amigos. Esta horizontalidad en las relaciones, según mi parecer, es la miga del asunto, es decir, la causa del alumno burbuja.

Los papás no pueden ni deben ser amigos de sus hijos. No pueden porque        —como bien dijo Montaigne hace siglos— «ni todos los pensamientos de los padres pueden transmitirse a los hijos, lo que engendraría inconvenientes, ni los consejos y correcciones que son uno de los primeros deberes de la amistad pueden ser ejercidos por los hijos sobre los padres.» Además, la amistad no puede ser una imposición, y la relación entre padres e hijos son ordenadas por la ley y la obligación natural.
Y no deben porque la amistad es la puerta abierta para el trato igualitario, y entre iguales decae la autoridad, que tanta falta nos hace en estos tiempos de flaquezas y remilgos. Los padres no tienen que ser amigos, basta con lo que son: padres.
 
 
José Manuel Coaguila

jueves, 11 de abril de 2013

El dramaturgo, el fisiólogo y el dictador

¿Qué relación puede haber entre Lope de Vega, Iván Pávlov y Kim Jong-un? Seré más específico: ¿qué pueden tener en común la comedia El capellán de la Virgen, la teoría de los reflejos condicionados y el ejército de Corea del Norte? Hablar de un vínculo puede parecer descabellado, incluso para los más enterados, pero la realidad dice lo contrario. [«Y así dos orillas tu corazón y el mío, / pues, aunque las separa la corriente de un río, / por debajo del río se unen secretamente», ha escrito el poeta José Ángel Buesa.]
Veamos.
Don Félix Lope de Vega y Carpio, el gran dramaturgo y poeta del Siglo de Oro español, publicó la comedia El capellán de la Virgen en 1623. En la obra, que tiene como protagonista a San Idelfonso, aparece un personaje llamado Mendo, criado y compañero del santo católico. Precisamente, en la escena segunda del acto III, Mendo le cuenta a su madre que San Idelfonso lo castigaba haciéndole comer en el suelo junto a muchos gatos que le quitaban su ración de alimentos. Pero Mendo, pícaro, supo librarse de los molestosos animales. Con engaños los metió en un costal para darles un castigo que no olvidarían jamás, y es que mientras los deshacía a palos, tosía fuertemente; los dejaba descansar, pero al rato volvían la tos y los golpes, y así sucesivamente, hasta que los gatos gruñían y maullaban con solo escucharlo toser. Así Mendo pudo comer tranquilo, pues solo bastaba carraspear para que los felinos huyeran como alma que lleva el diablo.
Por otro lado, la teoría pavloviana hace referencia a dos tipos de reflejos: los incondicionados y los condicionados. Los primeros, anteriores a Pávlov, señalan un vínculo natural entre los estímulos del medio ambiente y las reacciones que generan en el organismo; por ejemplo, un pedazo de carne, dentro de la boca de un perro, provoca que su glándula salival comience a funcionar, es decir, a esparcir su jugo por toda la cavidad bucal. Como se advierte, este tipo de reflejos se producen de manera automática. Con los reflejos condicionados, cosecha de Pávlov, sucede todo lo contrario. Volviendo al ejemplo anterior; antes de introducir el pedazo de carne en la boca del animal, presentemos un determinado suceso ante sus sentidos; un ruido, por ejemplo. Si hacemos esto cada vez que le demos de comer, la segregación salival se convertirá en un reflejo condicionado, pues bastaría con hacer el mismo ruido que hacíamos cuando lo alimentábamos para que —sin necesidad del pedazo de carne— comience a salivar.
Se cuenta que soldados rusos, durante la segunda guerra mundial, aprovecharon la teoría de los reflejos condicionados predisponiendo un gran número de perros para que busquen comida debajo de los tanques enemigos; los canes tenían un mecanismo en el lomo que, al mínimo contacto, activaba la carga explosiva que llevaban consigo.
Ahora el ejército de Corea del Norte, imitando a los rusos, adiestra a perros para atacar en caso de guerra. En efecto, en un video difundido por la televisión estatal de ese país se observa un entrenamiento militar de canes, quienes atacan a un muñeco que tiene pegada una foto del ministro de Defensa de Corea del Sur, Kim Kwan-jim.
Es realmente sorprendente que Lope de Vega se haya adelantado tres siglos a su tiempo, aunque no tanto como ver cuán atrasados mentalmente están muchos norcoreanos.

José Manuel Coaguila

sábado, 6 de abril de 2013

La vejez


Tengo 26 años, pero me preocupa llegar a viejo. Esta inquietud tiene una explicación: tememos a la muerte; por lo tanto, también a todo lo que nos hace pensar en ella. Por eso, hace unos años leí Sobre la vejez, de Marco Tulio Cicerón, y la semana pasada lo volví a hacer.
 
Seguramente, esta misma preocupación de llegar a viejo hace que cada domingo, al pasar por un parque cerca de mi casa, me detenga a observar a los ancianos del Adulto Mayor, y al verlos jugar, opinar, aprender nuevas cosas, ejercitar sus músculos, felices, me sienta bien.
 
El domingo último, viéndolos, imaginé mucho… Ingresé al parque, saludé a todos con la mano en alto y me dirigí al lugar que ocupaba la instructora; le agradecí la invitación, me acomodé en el pupitre y empecé a dar mi charla:
 
«Los seres humanos somos, vivimos y existimos: el ser lo compartimos con todas las cosas; el vivir, con todos los animales; pero el existir es exclusivamente humano. Estos tres niveles, cósmico, animal y social, constituyen nuestra naturaleza.
 
A los viejos se los asiste en el vivir, pero ya no en el existir. Se los alimenta y se los viste, y si están enfermos, se los medica; nada más. Ya nadie necesita de su aprobación o reconocimiento, su opinión poco importa; las miradas que se les dirige son solo piadosas: empiezan a morir socialmente. ‘El drama de la vejez no es necesitar a los otros, sino que los otros ya no necesitan más de uno’, ha dicho Tzvetan Todorov. Así, los ancianos primero dejan de existir, luego recién mueren. Por eso quiero felicitar a todos los que están pendientes de la existencia de los viejos, que es lo que más importa.
 
Las veleidades del vivir, amigos, no interesan. ¿Lamentan la pérdida de sus fuerzas?, ¿le tienen miedo a la muerte? Pues hay que leer a Cicerón.
 
Las cosas grandes, señores, no se hacen con la fuerza, la rapidez o la agilidad del cuerpo, sino mediante las ideas, la autoridad y la experiencia, cosas que la vejez prodiga en abundancia.
 
Ahora, ‘¿por qué la muerte es la desazón perenne de la vejez, cuando bien se sabe que está siempre presente y que también es común a la juventud?’ La vejez debe sentirse como una victoria, pues los viejos han alcanzado lo que los mozos desean: vivir mucho tiempo. ‘El joven —ha escrito Cicerón— espera insensatamente, porque ¿hay algo más necio que tener por seguro lo que es en sí incierto […]? El anciano, al fin y al cabo, tiene lo que esperaba, por esto mismo la vejez es mejor que la adolescencia…’
 
Y Marco Tulio continúa espléndidamente: ‘Me parece que la muerte de un joven es como sofocar la fuerza de una llama con un chorro de agua. La vejez por el contrario, consumido el fuego, se extingue sin violencia […]. Las manzanas, si están verdes, no se desprenden de la rama a no ser con violencia, por el contrario caen por sí mismas si están maduras y muy sazonadas. Como la violencia quita la vida a los adolescentes, la madurez quita la vida a los ancianos. Una madurez que a mí me resulta agradable, de tal manera que yo llegaré a la muerte tranquilamente como si después de una larga navegación, al llegar al puerto volviera a ver la tierra.’
 
Todo esto ha sido dicho por un viejo. El único freno de la lucidez es la muerte, no la vejez; que así sea siempre.»
 
Volví a la realidad como quien vuelve de un sueño y noté que muchos ancianos, desde el interior del parque, me miraban extrañamente.
 
 
José Manuel Coaguila